De todos los adjetivos con los que la gente engalana nuestra ciudad—se oye de todo: cosmopolita, diversa, libre, europea—yo me quedo con aquel que le propició Peret en los noventa (glorioso pasado olímpico barcelonés): poderosa. ¡No, no! No me malinterpretéis. En plena época de la globalización y de relaciones de mercado quizás nuestros pensamientos vuelan sin reflexión hacia una dirección muy concreta. No. El poder del que yo hablo tiene que ver con la fuerza y el vigor, pero sobre todo con la magnificencia y con la magia. “Tiene poderes”, que decimos de un superhéroe cuando hace cosas extraordinarias.
Andalucía tiene duende, un no-sé-qué que atrae y fascina. Barcelona tiene su propia magia, su propio no-sé-qué, algo que no podemos expresar con palabras y que atrae a más de 7 millones de visitantes, mochileros y expedicionarios al año. Cuando el Gótico se viste de verano o cuando el Born se deja pasear, las multitudes no se resisten. Gentes de todo tipo, modernillos, vintage, hípsters: todos encuentran su espacio. No faltan los dandies, cuyas sombras se alargan por entre las barras de las cocktelerías más oscuras. Con barba, sin ella, con gafas de sol de pasta—se conoce que se llevan de nuevo—y lentes de mil colores. ¡Ep! Y repartidos por toda la ciudad: cuánta vida en la Plaça de Sarrià, en la Plaça d’Osca o en la Plaça del Sortidor. ¿Cómo? Imposible no conocer la semilla de lo que permite ser lo que es a Barcelona. Por allí fluye la esencia primera. Aunque lo primero suele ser lo más desconocido…
De la rumba al arte contemporáneo, de las entrañas a lo kitch más ligero. Mezcolanza: savia múltiple. “Hechicera gitana”. Eso le da poder, eso le hace reina. ¿“Marca Barcelona”? Un vano intento de economizar lo ineconomizable: las personas que la pueblan y que la cruzan diariamente, que la pasean y depositan en ella su simiente para que Barcelona pueda seguir hechizando. Gaudí la volvió Luz, pero sinuosa y florida, como el Llaberint d’Horta. Y cuidado, porque nos podemos confundir y dejarnos atrapar por esas luces del Paralelo, que tanto artista encierran pero que nada tienen que ver.
Qué maravilla tener un Tibidabo desde el que contemplar todo ese poder.
Y un mar que devuelve la vida cuando más lo necesitamos.
