Para entender los conflictos actuales es necesario conocer la historia. Irán es un país con una civilización muy antigua, con más de 2.500 años de tradición. A lo largo del tiempo ha vivido cambios políticos muy importantes que ayudan a contextualizar la situación actual y sus tensiones con otros países.
En 1971 el Sha de Irán, Reza Pahleví, organizó una gran celebración para conmemorar los 2.500 años del Imperio persa. El evento fue fastuoso: se trajeron productos de lujo desde Europa y asistieron muchos líderes y figuras importantes del mundo.
Uno de los momentos más simbólicos de la celebración fue cuando el Sha visitó la tumba de Ciro el Grande, el fundador del Imperio persa. Allí afirmó que Irán seguía los valores recogidos en el llamado Cilindro de Ciro, que el Sha definió como “la primera declaración de derechos humanos de la historia”.
Sin embargo, mientras el Sha brindaba con Champagne, gran parte de la población iraní vivía con muchas dificultades económicas. Este contraste generó mucho descontento y resentimiento. Pocos años después ese malestar derivó en una revolución. Los sabios especialistas en interpretar la ley islámica, conocidos como ‘mullahs’, junto con los comerciantes y otros grupos sociales, derrocaron al Sha. Así nació la República Islámica de Irán, gobernada por líderes religiosos llamados ayatolás.
En la actualidad, las tensiones entre Irán y Estados Unidos siguen siendo muy fuertes. Estados Unidos ha realizado bombardeos militares contra el país, lo que ha aumentado el miedo a una escalada militar. Irán tiene casi 94 millones de habitantes y una fuerte tradición religiosa definida como chiismo, una rama del islam que da mucha importancia al sacrificio y al martirio en nombre de la fe.
La política reciente demuestra que las intervenciones militares no siempre logran los resultados esperados. Por ejemplo, Estados Unidos derrocó a Sadam Huseín en Irak, pero después el país vivió años de violencia y surgieron grupos extremistas como el Estado Islámico. Algo parecido ocurrió en Afganistán: tras años de guerra y bombardeos incesantes, los talibanes volvieron al poder. Tanto en un caso como en el otro no hubo ninguna consolidación de la democracia.
El conflicto con Irán genera preocupación en muchos países occidentales. Existe miedo a una nueva crisis económica, a que suban los precios de la energía y a que haya un aumento de la inestabilidad.
En España, el gobierno de Pedro Sánchez ha manifestado su rechazo a la guerra y ha defendido una solución diplomática. Este mensaje recuerda al lema “no a la guerra”, muy popular y escuchado a pie de calle en España durante la guerra de Irak en 2003.
La historia constata que muchas guerras responden a objetivos reales inconfesables que no tienen nada que ver con las explicaciones públicas que dan los que las inician. Hitler desencadenó la segunda guerra mundial aduciendo que se estaba defendiendo de una presunta “agresión polaca” absolutamente inexistente. Por ello es posible que el rey Ciro, desde su reposo eterno, haya esbozado una sonrisa cuando haya escuchado palabras como “democracia, derechos humanos y libertad” como argumentos para justificar el ataque. Al fin y al cabo, los mismos persas afirmaban que “cuando se desencadena una guerra nadie pide explicaciones al vencedor”. El problema sea, tal vez, que cuando se despeje la nebulosa de las bombas y se haya enterrado a los muertos haya dificultades para identificar a ningún vencedor…

