Nuevo año, nuevas monas. Stitch, Mario, las K-Pop Hunters y el resto de personajes del momento han invadido los escaparates de las pastelerías, lo que hace que me pregunte dónde ha quedado el típico bizcocho con su huevo de chocolate en medio. Muchos ni siquiera sabrán cómo es o cómo sabe.
Cuando ahora hablamos de la mona de Pascua ya no se nos viene a la cabeza este rosco, ni siquiera la tarta. Ahora pensamos en figuras de chocolate espectaculares, con mil detalles y decoraciones que hacen que de pena comérsela. Porque no es solo que las monas hayan cambiado. Es que ya no se parecen a lo que eran.
Nueva versión
La mona hace años no era más que otra tradición de las de toda la vida: el regalo del padrino, el paseo hasta la pastelería del barrio para comprarla, el momento de partirla en familia. No hacía falta más. Ahora, en cambio, parece que si no hay un personaje de moda de por medio, no cuenta. Lo que cuenta es cuanto más grande, bonita o cara mejor. O eso parece.
Hoy las monas se han convertido en esculturas de chocolate que impresionan, sí, pero que también imponen. Porque ya no están pensadas para comérselas sin más. Están pensadas para mirarlas, para enseñarlas y para que alguien diga “qué pasada” antes de probarlas. Algunas son tan increíbles que no sabe uno por dónde empezar a comerla sin sentir que la está destrozando. No es una cuestión de estar en contra de la innovación. Nadie va a negar el mérito que tiene hacer esas figuras. Pero una cosa es innovar y otra muy distinta es sustituir. Y lo que está pasando con las monas se parece bastante más a lo segundo.
Más postureo que tradición
Este 2026, como lleva ya años pasando, las monas que han tenido más éxito han sido grandes figuras de lo que más está de moda. Bluey repetido una y otra vez, personajes que parecen salir directamente de TikTok, figuras tan grandes que apenas caben en la caja. Entras en una pastelería y cuesta encontrar una mona que no tenga cara. Las redes sociales se han llenado de fotos de niños con chocolatinas más grandes que ellos.
Porque claro, el bizcocho ha desaparecido. Igual que el huevo, que tenía todo el sentido del mundo en una celebración como la Pascua, pero que ahora ha sido relegado a ser un simple complemento o incluso un recuerdo lejano. Y con ellos, también se va una manera de entender la tradición: más simple, más familiar y menos pendiente de los likes.
Dulce desproporción
Por no hablar de lo que cuestan. Por muy bonitas que sean, no deja de ser algo que va a durar horas, un par de días en el mejor de los casos. Estamos hablando de precios cada vez más altos por figuras que, en muchos casos, parecen pensadas más para la foto que para disfrutarlas de verdad. Sí, el chocolate puede estar bueno, nadie lo duda. Pero cuesta no pensar que estamos pagando más por lo que aparenta que por lo que es. Paseando por las pastelerías y viendo a gente hacer cola para gastarse 30 euros o más en una figura de chocolate hace que me pregunte a dónde vamos a ir a parar.
Aquí está la clave. Otra tradición consumida por el capitalismo y esta necesidad prácticamente patológica de gastar. Porque ya no se trata solo de regalar una mona, sino de que sea la mejor, la más grande, la más llamativa. Da la sensación de que, si no cumple con todo eso, se queda corta.

Y con ese intento constante de superarlo todo, se nos va un poco de las manos. Dejamos de pensar en lo que realmente importa, como si lo sencillo ya no tuviera valor. Como si el juntarnos todos en una mesa a disfrutar de un trozo de bizcocho ya no fuera suficiente. Y al final acabamos participando todos en lo mismo como borregos: comprar algo que sabemos que es excesivo pero que encaja perfectamente con lo que ahora se espera. Aunque en el fondo ya no tenga nada que ver con lo que era.
Lo más triste de esta situación es que las nuevas generaciones nunca podrán entender de todo lo que significaba esta tradición. Para ellos, lo normal siempre será elegir entre personajes, tamaños y precios, como si siempre hubiera sido así. Y quizá no pasa nada, pero sí se pierde algo: esa gracia de no darle tantas vueltas, de que la mona no fuera el centro de todo sino solo una excusa. Hay tradiciones que, cuando se complican demasiado, acaban perdiendo el sentido.

