El secuestro de la embajada de Japón en Perú en 1996 marcó un antes y un después en la historia del país. Durante la celebración del cumpleaños del emperador japonés en Lima, un comando terrorista del Movimiento Revolucionario Túpac Amaru (MRTA) irrumpió y tomó como rehenes a más de 350 personas, entre ellas el economísta peruano Efraín González de Olarte, director de la académia de economía de su país, quien había asistido por invitación. Lo que comenzó como una noche diplomática se transformó en una crisis de 126 días marcada por un miedo cambiante y finalizada por la intervención militar denominada Operación Chavín de Huántar.
Pregunta: Han pasado 30 años de uno de los acontecimientos más sonados en Perú. ¿Recuerda los primeros momentos del secuestro?
Respuesta: Sí, en cuanto entraron, se escuchó una explosión muy fuerte que lo cambió todo en segundos. Por instinto, todos nos tiramos al suelo sin pensar, intentando protegernos de los disparos que empezaron inmediatamente después. Cuando dijeron que eran los terroristas del MRTA, me tranquilicé, sin embargó el ambiente seguía tenso.
P. ¿Cómo fue el trato de los secuestradores con los rehenes?
R: Durante el secuestro de la embajada de Perú, no hubo agresiones directas, nadie tocó a nadie. Estaban bastante controlados porque sabían que si pasaba algo grave, todo se les venía abajo. Tenían un objetivo claro: liberar a sus compañeros que estaban en la cárcel. Se mantenían al margen; lo único que hacían era levantar la voz.
P: ¿Cómo describiría el papel que adoptaron los delincuentes durante el secuestro?
R: Sí, te das cuenta de que son personas, pero están cometiendo una atrocidad y no sabes cómo tratar con alguien que te tiene retenido. Hubo cosas muy contradictorias: por ejemplo, antes de salir, uno de los rehenes le pidió a un secuestrador que le firmara un autógrafo y este se lo firmó con una dedicatoria. “A fulano de tal, con el aprecio de siempre”.
P. ¿Hubó algún contacto desde el exterior para ayudar a los secuestrados?
R: Sí hubo algo de contacto. La Cruz Roja logró entrar y gracias a eso pudimos comer algo al día siguiente; incluso trajeron pizzas. Antes de eso, el embajador repartió galletas japonesas que tenía guardadas, pero no era suficiente, porque se acabaron la primera noche.
P. ¿Cuál era la sensación o sentimiento que predominó durante el secuestro?
R: El desgaste. Éramos más de 350 personas y solo había cuatro baños, que al día siguiente ya estaban colapsados. No había electricidad y teníamos hambre. Además estábamos muy juntos, en espacios pequeños. Por la noche, por ejemplo, todos roncaban y era difícil dormir. Cada uno intentaba adaptarse como podía: hablando, moviéndose un poco o buscando el lugar menos inseguro para acomodarse. Había un ambiente constante de miedo y ansiedad.
P: ¿Cómo lograba mantener la calma en medio de tanta incertidumbre?
R: Era cuestión de tener presencia de ánimo. Intentabas mantenerte ocupado, hablar con los demás o simplemente observar. Yo, por ejemplo, buscaba el lugar donde me sintiera más seguro y trataba de adaptarme. Al final, cada uno encontraba su manera de sobrellevarlo sin dejarse dominar por el miedo.
P: Al salir, ¿cómo se reincorporó a la realidad?
R: Fue extraño. La prensa me preguntaba cómo estaba y yo respondía que lo que necesitábamos era agua, electricidad y que funcionaran los baños. Pra mí todo se volvió muy básico, de alguna manera vació.
P: ¿Esta experiencia cambió su forma de ver el miedo o la seguridad?
R: Sí, porque el miedo depende mucho del contexto. En ese momento el entorno estaba más controlado; ahora siento más inseguridad en la calle. Entiendes que todo depende del entorno en el que estás.
