Tendencia

Los discursos que seducen a la generación Z

Este artículo analiza del fenómeno que está reconfigurando la identidad política juvenil en España

Justine Paramio Bianconi Justine Paramio Bianconi

La política juvenil está mutando a una rapidez que desconcierta a los analistas politicos. Lo que hace apenas una década se interpretaba como apatía o desinterés, hoy se ha transformado en una búsqueda de identidad, un discurso que parecen impermeables al cinismo institucional. En ese terreno fértil, la extrema derecha ha encontrado un espacio inesperado: jóvenes de entre 18 y 27 años que consumen política como si fuera entretenimiento, que buscan respuestas rápidas y que se sienten atraídos por narrativas que prometen orden autenticidad y ruptura con los gobiernos actuales.

No es un fenómeno exclusivamente español ni europeo; es parte de una ola global donde la estética, la comunicación directa y la sensación de pertenencia pesan tanto como las propuestas. La pregunta ya no es por qué crece, sino qué necesidades está satisfaciendo.

“No es un fenómeno exclusivamente español ni europeo”

CIS

A esta cuestión se suma un elemento que rara vez se reconoce con claridad: la extrema derecha ha sabido leer mejor que nadie el lenguaje emocional de la juventud digital. Mientras que otros discursos siguen anclados en formatos largos, tonos institucionales o mensajes que requieren paciencia, los nuevos actores han convertido sus ideas en píldoras de consumo inmediato. No hablan para convencer, hablan para impactar. No buscan matices sino ser virales. Y en un ecosistema donde la atención es el recurso más escaso, quien domina el ritmo y la estética tiene la batalla casi ganada.

La clave no está solo en lo que dicen, sino en cómo lo dicen. Clips cortos, frases convincentes, estética de desafío, humor irreverente, códigos visuales que conectan con la cultura meme. Para muchos jóvenes, la política ya no es un espacio de deliberación, sino un escenario donde se compite por presencia, estilo y autenticidad. En ese terreno, la extrema derecha ha logrado presentarse como una opción “anti-sistema”, incluso cuando su discurso no lo sea. La paradoja funciona porque llama a una emoción primaria: la necesidad de diferenciarse a otros partidos politicos.

Pero reducir este fenómeno a una cuestión estética sería quedarse en la superficie. Detrás del giro juvenil hacia discursos más extremos hay un malestar de la generación . La precariedad ya no es una etapa: es un estado permanente. Los jóvenes encadenan contratos temporales, salarios que no cubren alquileres imposibles y una sensación de que el futuro se ha convertido en un lujo reservado para otros. En ese contexto, cualquier discurso que prometa orden, claridad o ruptura con “lo de siempre” gana atractivo.

La extrema derecha, en muchos países, ha sabido capitalizar esa sensación de abandono. No porque ofrezca soluciones detalladas, sino porque pone nombre al enfado. Y cuando uno está cansado de que le pidan paciencia, escuchar a alguien que dice “esto no puede seguir así” resulta reconfortante, aunque no se comparta todo el contenido del mensaje. Es una política emocional, no programática.

“La extrema derecha, en muchos países, ha sabido capitalizar esa sensación de abandono.”

Hay otro factor que rara vez se menciona: la influencia de las masculinidades digitales. En plataformas como YouTube, TikTok o Twitch proliferan figuras que mezclan humor, provocación y discursos de autosuficiencia. Muchos jóvenes encuentran ahí un refugio identitario, especialmente en un momento en el que los modelos tradicionales están en crisis. La extrema derecha ha sabido conectar con ese universo, no necesariamente porque lo haya creado, sino porque lo ha entendido antes que otros.

No se trata sólo de política, sino de cultura: estética gamer, humor irónico, códigos internos, la idea de “ser diferente” frente a un mundo que parece exigirles constantemente que se adapten. La política entra por la puerta de atrás, disfrazada de entretenimiento.
Mientras tanto, buena parte del resto del espectro político parece hablar un idioma que los jóvenes ya no reconocen. Mensajes institucionales, discursos largos, promesas abstractas. La sensación de desconexión es enorme. No es que los jóvenes no entiendan la política; es que sienten que la política no los entiende.

Y en ese vacío cualquier mensaje que suene directo, emocional y sin filtros —aunque sea polémico— tiene ventaja. La extrema derecha no solo compite en ideas sino que compite en ritmo en estética y en presencia. Y, en un ecosistema saturado de estímulos, eso importa.
Al final, la pregunta no es por qué la extrema derecha crece entre los jóvenes, sino por qué nadie más ha logrado hablarles con la misma claridad emocional.

“La generación que hoy tiene entre 18 y 27 años no está buscando épica ni grandes relatos.”

La generación que hoy tiene entre 18 y 27 años no está buscando épica ni grandes relatos: quiere sentir que alguien entiende su cansancio, su incertidumbre y su necesidad de pertenecer a algo que no les trate como un problema estadístico. Si otros discursos no encuentran la manera de conectar con esa realidad, el terreno seguirá abierto para quienes sí sepan hacerlo, aunque sea desde la provocación o la simplificación.

La política, para esta generación, ya no es un debate ideológico: es una experiencia. Y quien no entienda eso llegará siempre tarde. La extrema derecha ha sabido ocupar ese espacio porque ha leído mejor el clima emocional del presente. La cuestión es si el resto del espectro político será capaz de reaccionar antes de que esta tendencia deje de ser una anomalía y se convierta en la nueva normalidad.

 

Justine Paramio Bianconi

Soy estudiante de tercer curso de Periodismo y Ciencias Políticas. Nací en Aviñón, aunque he vivido toda mi vida en Luxemburgo. Me interesa comprender la actualidad desde una mirada crítica, pero lo que realmente me apasiona son los viajes y la manera en que permiten descubrir otras culturas, otras historias y otras formas de entender el mundo.